jueves, 28 de mayo de 2026

 UNA NOVELA SIN CONCESIONES

Llega a mis manos la nueva novela de Eduardo Jiménez Urdiales, titulada “Recreo” y que aparece tras la que fue su primera novela, “Sombras del poniente” de 2019. En esta nueva entrega encontramos elementos comunes con su anterior obra y otros que la alejan de su predecesora. Como ya vimos en “Sombras del poniente” no es Eduardo Jiménez un escritor acomodaticio, por el contrario escribe sin concesiones, solo guiado por la libertad absoluta de decir lo que quiere y cómo quiere decirlo. No recorre nuestro autor caminos trillados, y aquí encontramos el primero de los elementos comunes entre sus dos novelas, haberse alejado de una estructura lineal, sencilla y sin complicaciones, porque la estructura de “Recreo” es, como ocurría con “Sombras del poniente”, una estructura compleja. En el caso de “Recreo”, una estructura fragmentaria, capítulos cortos que forman un tapiz, el cuadro general de lo que quiere contarnos. Cada capítulo es una pincelada impresionista, casi un punto de color, que sólo al terminar la obra, al alejarnos, como ocurre con los cuadros del puntillismo, permiten ver la escena completa. Cada capítulo una pieza del rompecabezas, que va encajando paso a paso hasta completarlo. El otro elemento común que me gustaría señalar entre sus dos novelas es la importancia de la lengua, la capacidad que posee Eduardo Jiménez para reflejar las voces y los registros idiomáticos, desde lo más culto al lenguaje vulgar, desde la expresividad más lírica a la expresión chabacana y a veces, casi incomprensible, de gran parte de la juventud actual, inevitablemente influenciada por las redes sociales y salpicada de abreviaturas, expresiones sacadas del reguetón o el trap, que alejan al adolescente de ese lenguaje normalizado que se pretende transmitir desde los institutos. Cuentan que Pérez Galdós en sus paseos diarios por Madrid, perseguía a las modistillas y criadas que “pelaban la pava”, permítanme la expresión, con soldadillos, y que caminaba atento a ese lenguaje popular que después tan bien retrataba en sus novelas, baste recordar los magníficos diálogos de “Fortunata y Jacinta”. Eduardo ha hecho lo mismo pero sin moverse del centro donde trabajaba y estando atento a los giros y expresiones de su alumnado durante el tiempo de convivencia en el centro educativo. Además del oído, es importante la mirada. Una mirada poderosa que atrapa poses y emociones, una mirada que barre el patio de recreo y capta todo lo que sucede, incluidos los hilos invisibles que anudan las idas y venidas del alumnado y el profesorado, las jerarquías de poder y de afecto entre unos y otros. En ambos sentidos, oído y vista, se sustenta la narración. Estamos ante una novela que se inserta en la tradición realista de nuestra literatura. Ante una novela coral, al estilo de “La colmena” o “El Jarama”.

         “Recreo”, ese título tan breve, ya anuncia parte del contenido de la novela. La obra cuenta lo que sucede durante el recreo de un instituto que puede ser cualquiera, en el que hemos trabajado algunos de los presentes u otro, seguramente el que ha inventado nuestro autor para nosotros. 425 páginas para contarnos lo que ocurre en poco menos de media hora. Podemos preguntarnos si da para tanto. Ya les anuncio que da. Quiero advertirles que si alguien espera una historia amable sobre educación, no la encontrará. Que nadie espera una historia al estilo, y recurro al cine por ser más gráficamente claro, de las que aparecen en películas como “Adiós Mr. Chips” (1939), “Rebelión en las aulas” (1967),  “El club de los poetas muertos” (1989), “Descubriendo a Forrester” (2000) y un largo etcétera. También porque a pesar del texto, no es la educación el centro de la obra, sino que, más ambiciosa, quiero reflejar la vida entera entre sus páginas.

         Como he dicho, no es una novela amable. Es una novela incómoda. Si algo ha ganado nuestro autor en esta segunda novela, es dominio del pulso narrativo, seguridad, por ello sin compasión nos zarandea y nos lleva de la ternura a la crudeza sólo con cambiar de capítulo, cuando la mayoría de los capítulos son breves y tienen dos o tres hojas. Sin solución de continuidad, pasamos de un momento lírico al asco, generando en el lector un pellizco, una inquietud buscada sabiamente. Los que hemos sido docentes sabemos que a lo largo de la vida profesional vas acumulando historias, tanto las que protagonizas como de las que eres testigo. Si además eres profe de lengua y literatura, estás más atento aún a esas historias. Y si encima, eres escritor, como en el caso de Eduardo Jiménez, la atención se vuelve máxima porque esas historias pueden convertirse en material narrativo. Puedes ficcionar sobre ellas.

Hay en “Recreo” un ejercicio de estilo narrativo, contar media hora de vida en 425 páginas, pero también un ajuste de cuentas, un análisis de la educación actual y de sus males y sobre la vida. La vivida, la soñada, la deseada…

Por ello encontramos entre sus páginas la batalla perdida de las humanidades, aunque a veces surja algún quijote, el protagonismo o ausencia, más lo segundo, de familias, administración, profesorado y alumnado. De todo se habla y sobre todo se reflexiona a lo largo de la obra al tiempo que nos cuenta la historia de unos adolescentes que están saliendo del cascarón, jóvenes muy jóvenes que se asoman a la vida sin saber los peligros que encierra, sin conocer su crueldad o vileza, porque incluso los personajes que parecen verdugos son también víctimas. Un centro educativo dicen que no es sino un reflejo de la sociedad en la que está. Y de esa sociedad que tenemos ahora y que inunda la vida de un recreo en un día cualquiera de un instituto cualquiera es lo que narra la novela. Hay un elemento que quisiera señalar y es lo bien que recoge nuestro autor, la importancia de las redes sociales, el uso del móvil en la actualidad. Este elemento, más bien disruptivo que educativo (es una opinión personal) ha modificado el mundo de relaciones y vivencias que conformaban la vida diaria de los centros (también lo ha hecho en la sociedad en general) añadiendo un elemento de perversión que antes no existía. Cuando éramos estudiantes, años ha, había en nuestros institutos peleas, violencia, gente que fumaba o se drogaba en los baños, pasiones amorosas, sexo, chicas embarazadas que dejaban el curso. La diferencia, y lo refleja muy bien la novela, es que ahora todo eso se retransmite con inmediatez y para todo el mundo a través de las redes sociales, dejando indefenso en primer lugar al profesor o profesora que intenta desarrollar su labor educativa como puede, también al adolescente que protagoniza la historia o el vídeo publicado. Hay en la novela mucho sexo, drogas y rock and roll. Provocación en una historia que da para debatir y hablar sobre algo tan importante como hacia dónde vamos como sociedad. También hay un punto de desánimo y de melancolía, el que crece en nuestra mente y nuestro corazón, cuando pensamos y sentimos que la batalla está irremediablemente perdida y ya no es nuestro tiempo. 


 

 

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