martes, 9 de junio de 2026

 LITERATURA PARA SANAR  

         Tras su primera novela, Tocando lejos, Inma Villanueva saca a la luz su novela Allá de donde no vuelves,  donde hay un cambio de registro narrativo. Si en Tocando lejos, el ritmo era de bolero, de sones caribeños, con una narración muy dinámica, viva y alegre, en su segunda novela, nuestra autora recurre a un ritmo mucho más pausado, un adagio de música clásica, construyendo una narración sin apenas diálogo, llena de descripciones y construida sobre el tono sepia de los recuerdos. La protagonista y narradora se encuentra en un tren y mientras viaja, escribe una larga carta a su madre. En ella, recuerda la vida de su madre, de su familia y la suya propia. Pero ese ritmo lento del viaje en tren (un tren de los de antes, no evidentemente un tren de alta velocidad, de hecho la protagonista declara su predilección por los trenes antiguos y su traqueteo) contagia de su movimiento a la narración, que va avanzando con lentitud y va deteniéndose en los detalles. En la literatura, no sólo es importante lo que se cuenta sino cómo se cuenta, y es sin duda una elección acertada el viaje en tren y la escritura de una carta, donde uno se detiene a pensar lo que quiere decir y es más reflexiva que una conversación. Cuando se viaja en tren, el tiempo queda, de algún modo, suspendido, como ocurre cuando se viaja a la memoria en busca de los recuerdos. Y además, en ese extrañamiento del viaje, la realidad adquiere un tono de desenfoque que nos hace por momentos dudar si estamos en la realidad o en un sueño, máxime si con el deslizamiento por las vías, el tren nos acuna y nos quedamos durante unos minutos dormidos o adormilados. Considero el primer gran acierto de la novela está íntima unión entre lo qué se va a contar y el cómo se va a contar. La narración tiene un tono de tristeza y melancolía que me recuerda en determinados momentos a la novela de Juan Rulfo, “Pedro Páramo”, y no sólo por el matiz de irrealidad, de ensoñación que a veces nutre la narración sino por el paralelismo con la obra de Rulfo, donde al igual que en la novela de Inma Villanueva, la mayoría de los personajes no están vivos o adquieren cierto

 

 

carácter de fantasmas, por muy vivo que sea el recuerdo que de ellos se tenga. Y aquí enlazo con otro aspecto que me gustaría destacar de la obra; la precisión y belleza de las descripciones. Voy a diferenciar dos tipos: la descripción de personajes y la descripción de lugares y las sensaciones que producen.

         En la descripción de personajes, recorren la novela tanto familiares, con gran protagonismo, pero también vecinos del pueblo donde se ha criado la narradora o del barrio donde vive actualmente, los propios compañeros de viaje, viajeros del tren con los que interactúa brevemente. A cada uno dedica su momento, de cada uno recoge su historia, partiendo de una descripción breve, pero como dijimos precisa, una o dos pinceladas, uno o dos detalles retratan al personaje. A medida que avanzamos en la narración, se va generando el árbol genealógico y el mapa de relaciones de la narradora tanto del pasado como del presente. Para los seres humanos, nuestra memoria es un telar de historias y la protagonista nos muestra el suyo al tiempo que lo recupera gracias a ese ejercicio del recuerdo continuo que conforma la novela. También es reseñable la descripción de lugares, las casas donde vive la protagonista de niña, la casa de sus abuelos, la casa de sus padres posteriormente, su propia casa… pero son descripciones que van más allá de lo enumerativo, asociando con gran destreza, el lugar y las sensaciones que producen, las que guarda la memoria. Así nos encontramos ante el miedo, el frío, el desasosiego, el dolor y a veces, pocas veces, la alegría y los momentos de felicidad.

         Es la novela de Inma Villanueva un buen ejemplo de cómo la literatura nos ayuda a vivir. La literatura para decir lo que nunca tuvimos tiempo de decir, especialmente a las personas que amamos, porque la vida tiene sus propios tiempos y sus propios planes y no siempre se acompasan con los nuestros. A menudo nos invade el sentimiento de ir a destiempo, con el paso cambiado. Y sólo las palabras, con su magia, son capaces de devolvernos la paz y el sosiego que sentimos cuando nuestro caminar lleva el mismo ritmo y cadencia del diapasón de la existencia. Una muy buena novela, bellamente editada por EDA Libros. Totalmente recomendable. 

 


 

jueves, 28 de mayo de 2026

 UNA NOVELA SIN CONCESIONES

Llega a mis manos la nueva novela de Eduardo Jiménez Urdiales, titulada “Recreo” y que aparece tras la que fue su primera novela, “Sombras del poniente” de 2019. En esta nueva entrega encontramos elementos comunes con su anterior obra y otros que la alejan de su predecesora. Como ya vimos en “Sombras del poniente” no es Eduardo Jiménez un escritor acomodaticio, por el contrario escribe sin concesiones, solo guiado por la libertad absoluta de decir lo que quiere y cómo quiere decirlo. No recorre nuestro autor caminos trillados, y aquí encontramos el primero de los elementos comunes entre sus dos novelas, haberse alejado de una estructura lineal, sencilla y sin complicaciones, porque la estructura de “Recreo” es, como ocurría con “Sombras del poniente”, una estructura compleja. En el caso de “Recreo”, una estructura fragmentaria, capítulos cortos que forman un tapiz, el cuadro general de lo que quiere contarnos. Cada capítulo es una pincelada impresionista, casi un punto de color, que sólo al terminar la obra, al alejarnos, como ocurre con los cuadros del puntillismo, permiten ver la escena completa. Cada capítulo una pieza del rompecabezas, que va encajando paso a paso hasta completarlo. El otro elemento común que me gustaría señalar entre sus dos novelas es la importancia de la lengua, la capacidad que posee Eduardo Jiménez para reflejar las voces y los registros idiomáticos, desde lo más culto al lenguaje vulgar, desde la expresividad más lírica a la expresión chabacana y a veces, casi incomprensible, de gran parte de la juventud actual, inevitablemente influenciada por las redes sociales y salpicada de abreviaturas, expresiones sacadas del reguetón o el trap, que alejan al adolescente de ese lenguaje normalizado que se pretende transmitir desde los institutos. Cuentan que Pérez Galdós en sus paseos diarios por Madrid, perseguía a las modistillas y criadas que “pelaban la pava”, permítanme la expresión, con soldadillos, y que caminaba atento a ese lenguaje popular que después tan bien retrataba en sus novelas, baste recordar los magníficos diálogos de “Fortunata y Jacinta”. Eduardo ha hecho lo mismo pero sin moverse del centro donde trabajaba y estando atento a los giros y expresiones de su alumnado durante el tiempo de convivencia en el centro educativo. Además del oído, es importante la mirada. Una mirada poderosa que atrapa poses y emociones, una mirada que barre el patio de recreo y capta todo lo que sucede, incluidos los hilos invisibles que anudan las idas y venidas del alumnado y el profesorado, las jerarquías de poder y de afecto entre unos y otros. En ambos sentidos, oído y vista, se sustenta la narración. Estamos ante una novela que se inserta en la tradición realista de nuestra literatura. Ante una novela coral, al estilo de “La colmena” o “El Jarama”.

         “Recreo”, ese título tan breve, ya anuncia parte del contenido de la novela. La obra cuenta lo que sucede durante el recreo de un instituto que puede ser cualquiera, en el que hemos trabajado algunos de los presentes u otro, seguramente el que ha inventado nuestro autor para nosotros. 425 páginas para contarnos lo que ocurre en poco menos de media hora. Podemos preguntarnos si da para tanto. Ya les anuncio que da. Quiero advertirles que si alguien espera una historia amable sobre educación, no la encontrará. Que nadie espera una historia al estilo, y recurro al cine por ser más gráficamente claro, de las que aparecen en películas como “Adiós Mr. Chips” (1939), “Rebelión en las aulas” (1967),  “El club de los poetas muertos” (1989), “Descubriendo a Forrester” (2000) y un largo etcétera. También porque a pesar del texto, no es la educación el centro de la obra, sino que, más ambiciosa, quiero reflejar la vida entera entre sus páginas.

         Como he dicho, no es una novela amable. Es una novela incómoda. Si algo ha ganado nuestro autor en esta segunda novela, es dominio del pulso narrativo, seguridad, por ello sin compasión nos zarandea y nos lleva de la ternura a la crudeza sólo con cambiar de capítulo, cuando la mayoría de los capítulos son breves y tienen dos o tres hojas. Sin solución de continuidad, pasamos de un momento lírico al asco, generando en el lector un pellizco, una inquietud buscada sabiamente. Los que hemos sido docentes sabemos que a lo largo de la vida profesional vas acumulando historias, tanto las que protagonizas como de las que eres testigo. Si además eres profe de lengua y literatura, estás más atento aún a esas historias. Y si encima, eres escritor, como en el caso de Eduardo Jiménez, la atención se vuelve máxima porque esas historias pueden convertirse en material narrativo. Puedes ficcionar sobre ellas.

Hay en “Recreo” un ejercicio de estilo narrativo, contar media hora de vida en 425 páginas, pero también un ajuste de cuentas, un análisis de la educación actual y de sus males y sobre la vida. La vivida, la soñada, la deseada…

Por ello encontramos entre sus páginas la batalla perdida de las humanidades, aunque a veces surja algún quijote, el protagonismo o ausencia, más lo segundo, de familias, administración, profesorado y alumnado. De todo se habla y sobre todo se reflexiona a lo largo de la obra al tiempo que nos cuenta la historia de unos adolescentes que están saliendo del cascarón, jóvenes muy jóvenes que se asoman a la vida sin saber los peligros que encierra, sin conocer su crueldad o vileza, porque incluso los personajes que parecen verdugos son también víctimas. Un centro educativo dicen que no es sino un reflejo de la sociedad en la que está. Y de esa sociedad que tenemos ahora y que inunda la vida de un recreo en un día cualquiera de un instituto cualquiera es lo que narra la novela. Hay un elemento que quisiera señalar y es lo bien que recoge nuestro autor, la importancia de las redes sociales, el uso del móvil en la actualidad. Este elemento, más bien disruptivo que educativo (es una opinión personal) ha modificado el mundo de relaciones y vivencias que conformaban la vida diaria de los centros (también lo ha hecho en la sociedad en general) añadiendo un elemento de perversión que antes no existía. Cuando éramos estudiantes, años ha, había en nuestros institutos peleas, violencia, gente que fumaba o se drogaba en los baños, pasiones amorosas, sexo, chicas embarazadas que dejaban el curso. La diferencia, y lo refleja muy bien la novela, es que ahora todo eso se retransmite con inmediatez y para todo el mundo a través de las redes sociales, dejando indefenso en primer lugar al profesor o profesora que intenta desarrollar su labor educativa como puede, también al adolescente que protagoniza la historia o el vídeo publicado. Hay en la novela mucho sexo, drogas y rock and roll. Provocación en una historia que da para debatir y hablar sobre algo tan importante como hacia dónde vamos como sociedad. También hay un punto de desánimo y de melancolía, el que crece en nuestra mente y nuestro corazón, cuando pensamos y sentimos que la batalla está irremediablemente perdida y ya no es nuestro tiempo. 


 

 

viernes, 24 de abril de 2026

UNA NOVELA NECESARIA

 

 

¨LOS OJOS DE LA JÁBEGA” de Arturo J. Gálvez

Ediciones del Genal, Málaga, 2026

 

         Llega a nuestras manos la última entrega novelística de Arturo J. Gálvez, titulada Los ojos de la jábega. Tras la publicación de Todas las cartas de Selim (2016), Aquiles y la tortuga (o como Ingrid buenamente quiera) (2017) y Cádiar blues (2021), trilogía que se desarrolla en el espacio literario e irreal de Cádiar, trasunto de su ciudad natal, y la magnífica colección de cuentos de Relatos donde esconderse (2025), la nueva novela presenta algunas novedades sobre el hasta ahora mundo literario de nuestro autor. En primer lugar, la acción transcurre en su inicio en Málaga y luego en diversos lugares de la geografía española y europea, pero todos reales. En esta obra Cádiar queda de lado. Por otra parte, la nueva novela de Gálvez trata un tema histórico aunque no deja de estar de actualidad en nuestros días, algo que no había hecho en las anteriores entregas, digamos que nuestro autor ha querido darse un baño de “realidad”, aunque no podamos obviar que al tratarse de una obra literaria, hay mucha ficción entre sus páginas, tanto en la historia como en los personajes que la protagonizan.

         La historia nos relata los avatares de Sandrine Doinel, una cineasta francesa, de reconocido prestigio, que vuelve a España, a su Málaga natal, de donde huyó durante la Guerra Civil española, en lo que se conoce popularmente como “la desbandá”. A través de su huida, siendo niña, sola, su padre queda atrás, conocemos el sufrimiento y la peripecia vital que marcó la vida de miles de niños y niñas españoles del bando republicano que tuvieron que salir de su país, dejándolo todo: hogar, familia, trabajo, sueños… sometidos a una persecución implacable y destinados al más cruel de los azares.

En su periplo, Sandrine recorrerá la costa hasta Almería, después todo el levante hasta Cataluña, cruzará los Pirineos hacia Francia, recalará en Bélgica y terminará instalándose en París, donde desarrollará su vida profesional y artística. A Sandrine, arquetipo de esos niños y niñas de la guerra, le acompañan en su huida muchos otros personajes, varios niños y niñas, dos maestros republicanos que los cuidan hasta salir de España, un joven soldado republicano de Cádiz, que cuida a Sandrine durante el viaje porque así se lo promete a su padre y otros personajes, históricos en algunos casos, que también se cruzan con ella, como Tina Modotti. La narración está intercalada de documentos de todo tipo, que van dando voz a otros personajes y nos van situando en el contexto histórico y la sucesión de los hechos. Así encontramos un reportaje periodístico de Camila Weil sobre las colonias infantiles donde la República alojó, educó y atendió, durante la guerra, a los miles de huérfanos y huérfanas que estaban desamparados. Ellos son los primeros que sufren las consecuencias de la guerra al ser los más vulnerables e indefensos. En esto, la novela está de rigurosa actualidad, porque ahora estamos viendo el mismo sufrimiento en Gaza y sur del Líbano. También aparece la declaración del soldado gaditano, Paco Espadas, ante el tribunal militar que juzga el comportamiento del coronel Villalba, jefe de las fuerzas republicanas en Málaga y que abandonó la ciudad y a sus habitantes, antes de que fuera tomada por el bando rebelde sin oponer ninguna resistencia. Y una entrevista realizada por Camila Weil a Sandrine Doinel.

         En ocasiones hay gente que se queja de “otra novela más, otra película más sobre la Guerra Civil” como si fuese un tema agotado, pero la realidad es que las novelas que recuperan la memoria de lo que pasó y de sus protagonistas, especialmente del bando republicano porque fue silenciada durante toda la dictadura y también, de algún modo, con la transición, son necesarias. Los ojos de la jábega es una novela necesaria porque aparte del testimonio que supone, nos hace enfrentarnos a nuestro presente. Asistimos, a veces con incredulidad, a una defensa inaudita de la dictadura franquista y a una reivindicación del fascismo por los jóvenes cuyo gran pecado es su juventud ausente de memoria. Algo hemos hecho mal para que la polarización se haya instalado en nuestra sociedad y los bulos y mentiras sustituyan al rigor histórico y la verdad. Por eso son necesarias estas novelas, como la de Arturo J. Gálvez, para devolvernos al camino de la realidad histórica y reivindicar la memoria del pueblo por encima de la propagación de falacias e irrealidades. La intención de la obra se resume en una oración: “La verdadera democracia sólo puede nacer de un pacto para el recuerdo, no para el olvido”. La herida que se abrió en España con la Guerra Civil, nunca se ha cerrado, por eso se siguen escribiendo novelas y haciendo películas sobre el tema. Si la llegada de la democracia, tras la dictadura, hubo de basarse en un pacto sobre el olvido, tras casi medio siglo de libertad, de leyes democráticas, es hora de exigir el cumplimiento estricto de la ley de la memoria histórica o como se llama ahora, la Ley de Memoria Democrática, que busca el reconocimiento de las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo y de sus descendientes, otorgándoles la nacionalidad española a hijos y nietos de exiliados, entre otras medidas. Restituir el honor de los que defendieron el gobierno legal de la República frente a la rebelión militar. Recuperar la memoria frente al olvido y el silencio. Algo que lleva haciendo la literatura española desde hace mucho y que tan magníficamente bien hace Arturo J. Gálvez en Los ojos de la jábega.

 


 

viernes, 10 de abril de 2026

BREVE NOTICIA DE DOS NUEVAS LECTURAS

                                                             

En primer lugar, Las jefas de Esther García Llovet. Una nueva entrega de esta escritora que ha ido creando un mundo narrativo propio y al margen de modas, la acción se desarrolla en ese espacio mítico-real del levante español, como ya ocurriera con Sánchez, moviéndose con soltura entre lo irreal y lo verdadero, entre lo excelso y lo marginal. Destacable, como siempre en sus obras, su capacidad para reflejar el lenguaje de la calle, y a través de las referencias culturales, sociológicas…de sus elecciones continuas, ir estableciendo sin juzgarlos, la catadura moral de sus personajes, con sus contradicciones, su ternura, su necesidad de amor y su lucha por la supervivencia. Magnífica novela que agranda la senda literaria de esta autora tan singular como valiosa.

          La otra lectura es la nueva entrega de Jesús Marchamalo, Tres amigas, con ilustraciones de Antonio Santos, y que hace el número diez de biografías de escritores y escritoras que publican en Nórdica. En este caso se rinde homenaje a Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite. Tres excelentes escritoras españolas que marcaron la literatura española del siglo XX. Con esa habilidad aparentemente sencilla, pero tan compleja en el fondo, Marchamalo es capaz, con dos o tres pinceladas biográficas y literarias, de hacer un retrato fidedigno, admirativo y amoroso de las autoras retratadas. De su carácter y su compromiso con la literatura y al tiempo con su condición de mujeres y escritoras. Magníficas ilustraciones de Antonio Santos que perfilan en imágenes la peripecia vital de estas tres mujeres.

Dos lecturas sinceramente recomendables.

 
 

 

 

  LITERATURA PARA SANAR            Tras su primera novela, Tocando lejos , Inma Villanueva saca a la luz su novela Allá de donde no vuelves ...