miércoles, 4 de marzo de 2026

BREVE NOTICIA DE DOS LECTURAS

 

En las últimas semanas he tenido la oportunidad, y el placer, de leer dos buenas novelas: Los nombres de Feliza y La carcoma.

La primera, Los nombres de Feliza, es del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, consolidado como uno de los grandes cuentistas y novelistas hispanoamericanos actuales. Se le considera el “García Márquez” actual. Siguiendo el modelo explorado en su anterior novela, Volver la vista atrás, sobre el cineasta Sergio Cabrera, de biografía novelada, en esta su última novela, Los nombres de Feliza, recrea la vida apasionante de la artista colombiana Feliza Bursztyn, una mujer, hija de judíos emigrantes, que luchó contra la sociedad de su tiempo y los prejuicios que le rodeaban, por su postura ideológica, artística y como mujer. Juan Gabriel Vásquez nos cuenta su periplo vital y artístico hasta su prematura muerte, durante una cena en París, donde se exilia, con varios amigos entre los que estaba presente, Gabriel García Márquez. La capacidad de presentarnos la evolución psicológica del personaje protagonista y de reflejar los conflictos visibles y latentes de una época fundamental del siglo XX, tanto en Colombia como fuera de ella, dotan a la novela de una calidad literaria muy reseñable y de una capacidad de emocionar que graba en nuestra memoria la sensibilidad de una artista que no pudo desarrollar plenamente todas sus facultades. 


 

         La otra lectura ha sido Carcoma, primera novela de una joven autora española, Layla Martínez. La narración cuenta la historia de unas mujeres de una misma familia y de la casa que habitan, recorriendo un período temporal amplio desde antes de la guerra civil hasta nuestros días. Las dos mujeres, abuela y nieta, con las que comienza la historia tienen un poder especial: pueden ver y hablar con los muertos, sombras que habitan la casa donde viven y que se manifiestan de diversas maneras, originando esa carcoma que da título a la obra. Las difíciles relaciones entre ellas, con el resto de familias del pueblo y en especial con la familia de terratenientes que impone su ley en la zona, vertebran la miseria, la rabia y el dolor en el que viven las mujeres protagonistas de la narración. Uno de los elementos destacados de la obra es el lenguaje utilizado para contar ese mundo mágico donde vivos y muertos conviven y comparten una misma lucha, desde la memoria, contra el hambre, la miseria y la búsqueda de la dignidad y el respeto. Es un lenguaje, en su vocabulario y sintaxis que provoca inquietud y desazón, un desasosiego que hace temblar nuestro espíritu, desatando el nerviosismo que genera una nueva mirada sobre la realidad que nos circunda. 

 


 

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