sábado, 21 de febrero de 2026

UNA REPÚBLICA IBÉRICA, UNA HISTORIA EN COMÚN

 

 

 

He tenido la oportunidad de leer estos días el número 25 de la colección “Relatos del desertor del presidio”, salido de la imprenta recientemente. El cuento se titula “El pájaro” y es del escritor portugués Fernando Évora. Las ilustraciones son del pintor Ernesto Larrarte. Todo bajo la experta y cuidadosa supervisión de Pedro Tabernero, empeñado en darnos alegrías rebosantes de belleza.

 

 

 

El autor, Fernando Évora, tiene en su haber como narrador las novelas, entre otras, O Pais das porcas-saras, El gallo chino o A mel e as vespas y la colección de cuentos Amor e LIberdade de Germana.

Al igual que su novela A mel e as vespas, la acción del relato El pájaro, transcurre en Cancino, un pequeño pueblo situado en el norte del Algarve, lindante con el Alentejo. Un espacio mítico donde lo humano y lo natural tienen la misma preponderancia, aunque se muestra a la vez la dificultad de la coexistencia de ambos mundos, y cómo el hombre presiona la Naturaleza y la lleva con sus decisiones y acciones hacia la destrucción, en el cuento simbolizado en la desaparición de la especie del lobo en esa parte de la sierra. De hecho, muchos de los protagonistas pertenecen a una familia llamada Cazalobos. Frente a ellos encontramos dos personajes, Jacinta y Salvador, más tarde llamado Pajarito y finalmente Abejaruco, que simbolizan a los humanos que luchas por la presdervación de las especies y la convivencia entre animales, naturaleza y humanos. El cuento se desarrolla durante la guerra civil española y primeros años de la posguerra, viviéndose al mismo tiempo la dictadura de Salazar en la Portugal donde se desarrolla la acción. La dureza de las condiciones de vida de los habitantes de Cancino, y de los mineros de Riotinto a los que pertenece el español Salvador, anticipan como se recoge al final del relato, la “Iberia vaciada”, ese abandono de lo rural y la desaparición de una relación directa y preferiblemente respetuosa con la naturaleza como forma de entender la vida, sin el estrés, la deshumanización y el consumismo que nos imponen las ciudades. 

 

Hay en el relato una denuncia de las injusticias y abusos cometidos por las dos dictaduras, representadas por terratenientes, policía política, militares, que dominaron durante años esa península ibérica tan maltratada y también, yendo más allá de dar testimonio de ese reino donde el más fuerte aplasta al pobre, también nos hayamos con unos personajes entrañables, Jacinta y Salvador, ambos mudos de elección tras los dramáticos sucesos que les toca vivir, pero también Tiberio, marido de Jacinta, que ayuda a Salvador y lo salva de la muerte, de Aurelio, hermano de Tiberio y otros, que siendo de diferentes países, comparten una pobreza común, un modo de vivir en la solidaridad que otorga una luz al cuento ya que nos habla de esperanza y de las cosas buenas de las que es capaz el hombre. Esa ayuda mutua y capacidad de ponerse en el lugar del otro, de comunión entre habitantes de países que a menudo se han dado la espalda, me recuerdan dos precedentes al que muestra Évora con su relato. En primer lugar, el pensamiento ibérico de nuestro admirado Miguel Torga y por otra parte, esa novela llena de realismo mágico como es La balsa de piedra de José Saramago. En “El pájaro” hay un hermanamiento entre Portugal y España, porque reivindica la solidaridad universal entre los oprimidos del mundo, vengan de donde vengan y sean como sean. Hay elementos mágicos en el relato, como son el poder premonitorio de varios de los personajes, Jacinta, Salvador, Aurelio, que les permiten ayudar a los demás, la capacidad de comunicarse con los animales salvajes, Jacinta y Salvador, para protegerlos y salvarlos del acoso y la caza de otros habitantes del pueblo. Fernando Évora es explícito en sus referentes literarios españoles. A través de uno de sus personajes, Aurelio, que cuando ayuda a españoles con sus poderes, les pide como pago libros en español, recibe novelas de Álvaro Cunqueiro, José Nogales, Ramón J. Sénder, Miguel Delibes o Luis Berenguer, todas relacionadas con las coordinadas espacio-temporales del relato y con los temas que recoge. El cuento termina con dos apuntes de esperanza: en la televisión, el 25 de abril de 1974, Aurelio ve como una mítica Celeste Caeiro entrega un clavel rojo a Salvador/Pajarito/Abejaruco en las calles de Lisboa. En un bar de Sevilla, un 19 de noviembre de 1975, víspera de la muerte del dictador Franco, un hombre que coincide con nuestro protagonista, Salvador, abandona su mudez y recita un poema que escribiera de niño, dedicado a los mineros de Riotinto, como lo fueron su padre y sus hermanos.

         Acompañando el texto, encontramos las pinturas de Ernesto Larrarte, que ha conseguido reflejar con rotundidad, la ingenuidad de los protagonistas del cuento, su solidaridad y su sufrimiento. Son dibujos de trazo sencillo que sincronizan perfectamente con la historia contada y con el carácter simbólico y mágico que nos propone el relato. Sin duda, una maravillosa nueva entrega de los  “Relatos del desertor del presidio” que son el mejor ejemplo de como el relato y la ilustración, combinadas, pueden crear perlas inolvidables y duraderas que se alojan en nuestra memoria y nuestro corazón.

 

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