viernes, 6 de marzo de 2026

CRONOTOPOS: VIDA , MEMORIA Y LITERATURA

 

 

He disfrutado hoy con la lectura del número 21 de la colección “Relatos del desertor del presidio”. El cuento se titula “Cronotopos” y es del escritor andaluz Ángel Olgoso. Las ilustraciones son del pintor Antonio Madrigal. Y como siempre, bajo la magnífica supervisión de Pedro Tabernero, que reuniendo escritores y artistas plásticos excepcionales, consigue dar a luz libros hechos para perdurar en el tiempo, por su calidad única en fondo y forma. Algo de lo que los lectores nos congratulamos.

         Cronotopos, el título del relato, es un concepto sacado de la obra de Mijail Bajtín que se define como la “conexión indisoluble entre las relaciones temporales y espaciales en la literatura” y se convierte en el eje central que vertebra toda la narración, en la medida en que si la literatura es capaz de romper la continuidad racional del eje espacio-tiempo, en el cuento, pura literatura, sus protagonistas relatan cómo es posible romper ese mismo eje en la vida real que vivimos, estableciendo un nuevo “cronotopos” entre vida y literatura, ya que la vida y lo que vivimos no es sólo un recuerdo del pasado sino también la forma en qué lo contamos, lo narramos. Los protagonistas son Ricardo Marcén, hombre capaz de viajar en el tiempo, de ser testigo de momentos épicos de la humanidad, por ejemplo, “la primera vez que un neandertal levantó la cabeza hacia la noche estrellada” o espía de instantes casi marginales, pero de gran peso en el avance cultural de la humanidad, como cuando a la espalda de Covarrubias, ve cómo escribe alguna de las etimologías que incluirán en su obra “Tesoros de la lengua castellana” y su antagonista, Amador Niebla, “cazador” enviado por la organización Qliphoth, para detenerlo, cosa que consigue junto a su compañero Sepúlveda. Tras su detención, lo llevan a un piso franco de la organización en Madrid, donde durante varios días, ya a solas, los dos protagonistas, entablarán un diálogo, iniciado por Amador, en el que Ricardo Marcén contará el origen de su don, siendo él el último de los seres que lo posee, y el carcelero, que a través de preguntas muy pensadas, hará que le muestre sus secretos, sin saber que al hacerlo, caerá en una telaraña de la que no escapará, y que no es otra que el arte del relato, el abrazo de una historia bien contada. Surge ahí la contaminación e identificación entre detenido y el que lo detiene, un síndrome de Estocolmo al revés, que provocará el desenlace final del cuento.

            


 

         Ángel Olgoso, es capaz, en ese diálogo, con algo de socrático, que habla sobre espacio y tiempo, pero también sobre vida, historia, los recuerdos, la memoria, la ficción, lo real y lo soñado, lo imaginado, y un abanico casi infinito de temas, de sintentizar en pocas páginas el avance de la cultura humana, sus pasos y retrocesos, sus luces y sus sombras. Pero no sólo brilla nuestro narrador por su hercúlea capacidad de síntesis sino también por el cómo, el uso de un lenguaje que abre sus capacidades expresivas al máximo y que con su afinada significación y belleza, hace que el relato vaya penetrando en nuestra mente y corazones, y nos conquiste, del mismo modo que le sucede a Amador Niebla, siendo Ricardo Marcén la “Sherezade” de este fantástico relato. Para que nada se pierda, Amador nos confiesa que ha ido grabando sus conversaciones con Ricardo, porque intuye y comprende que está asistiendo a otro único e irrepetible de esos cronotopos a los que viaja Ricardo Marcén. Un momento que tiene que fijarse para la posteridad, que no son sino los humanos que vendrán detrás, y a los que ayudará a entender su presente, pues como afirma Ricardo Marcén en una de las primeras conversaciones con Amador, somos “una pequeña isla de presente rodeada de un océano de pasado”.

         Ángel Olgoso nos entrega una muestra más de su don excepcional para el cuento, no en vano, sus relatos han sido premiados, traducidos y aparecen en varias antologías, siendo considerado uno de los grandes autores de dicho género, donde puede comparársele con otros autores que dieron carta de gran naturaleza a un género muchas veces considerado menor, me refiero a Cunqueiro, Borges, Cortázar, entre otros, narradores capaces de generar en unas pocas páginas, universos enteros, como hace Olgoso, y de enamorarnos con el discurrir de su prosa, la elegancia del vocabulario y la precisión de su sintaxis. Dice en su famoso decálogo sobre el cuento, otro cuentista excepcional, Julio Ramón Ribeyro, que en el cuento “no debe sobrar nada, cada palabra es absolutamente imprescindible” y en el caso de nuestro narrador eso es categóricamente así.

         Si como comentamos, el relato es magistral, con la misma importancia y peso en el libro, aparecen las ilustraciones de Antonio Madrigal, pintor de larga y destacada trayectoria, con trabajos en la revista La codorniz, Diario 16 o El país por citar sólo algunos medios donde ha colaborado. Son pinturas con un tono expresionista y cubista, de clara raíz vanguardista, con gran fuerza en el juego cromático y que acompañan magníficamente la imaginación y fantasía del relato. De nuevo, Tabernero ha enlazado con maestría a narrador e ilustrador para que dispongamos de una obra de arte donde palabra y color son dos caras de una misma moneda.

          



miércoles, 4 de marzo de 2026

BREVE NOTICIA DE DOS LECTURAS

 

En las últimas semanas he tenido la oportunidad, y el placer, de leer dos buenas novelas: Los nombres de Feliza y La carcoma.

La primera, Los nombres de Feliza, es del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, consolidado como uno de los grandes cuentistas y novelistas hispanoamericanos actuales. Se le considera el “García Márquez” actual. Siguiendo el modelo explorado en su anterior novela, Volver la vista atrás, sobre el cineasta Sergio Cabrera, de biografía novelada, en esta su última novela, Los nombres de Feliza, recrea la vida apasionante de la artista colombiana Feliza Bursztyn, una mujer, hija de judíos emigrantes, que luchó contra la sociedad de su tiempo y los prejuicios que le rodeaban, por su postura ideológica, artística y como mujer. Juan Gabriel Vásquez nos cuenta su periplo vital y artístico hasta su prematura muerte, durante una cena en París, donde se exilia, con varios amigos entre los que estaba presente, Gabriel García Márquez. La capacidad de presentarnos la evolución psicológica del personaje protagonista y de reflejar los conflictos visibles y latentes de una época fundamental del siglo XX, tanto en Colombia como fuera de ella, dotan a la novela de una calidad literaria muy reseñable y de una capacidad de emocionar que graba en nuestra memoria la sensibilidad de una artista que no pudo desarrollar plenamente todas sus facultades. 


 

         La otra lectura ha sido Carcoma, primera novela de una joven autora española, Layla Martínez. La narración cuenta la historia de unas mujeres de una misma familia y de la casa que habitan, recorriendo un período temporal amplio desde antes de la guerra civil hasta nuestros días. Las dos mujeres, abuela y nieta, con las que comienza la historia tienen un poder especial: pueden ver y hablar con los muertos, sombras que habitan la casa donde viven y que se manifiestan de diversas maneras, originando esa carcoma que da título a la obra. Las difíciles relaciones entre ellas, con el resto de familias del pueblo y en especial con la familia de terratenientes que impone su ley en la zona, vertebran la miseria, la rabia y el dolor en el que viven las mujeres protagonistas de la narración. Uno de los elementos destacados de la obra es el lenguaje utilizado para contar ese mundo mágico donde vivos y muertos conviven y comparten una misma lucha, desde la memoria, contra el hambre, la miseria y la búsqueda de la dignidad y el respeto. Es un lenguaje, en su vocabulario y sintaxis que provoca inquietud y desazón, un desasosiego que hace temblar nuestro espíritu, desatando el nerviosismo que genera una nueva mirada sobre la realidad que nos circunda.